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“Creo que conocerse a un[e] misme es lo más importante que un humano puede hacer por sí misme. ¿Cómo puede un[e] conocerse? Aprendiendo a actuar no como une debe, sino como un[e] actúa.”

—Moshe Feldenkrais

Hace unos años, después de una de esas vueltas fuertes y difíciles que suele dar la vida, me enfermé de la tiroides—una glándula que es muy susceptible al estrés y a los tumbos emocionales. Primero me dio para arriba (hipertiroidismo), al punto que tuve lo que yo caracterizaría como un episodio de manía. Casi no dormía porque tenía pesadillas, y pasaba de la euforia al terror y a ataques de pánico en cuestión de minutos. Perdí 5 kilos en menos de una semana, aunque comía tanto que en un momento mi mamá, con la que me estaba quedando después de susodicha crisis de vida, se desesperó porque me estaba acabando toda la comida de la semana en un día. También me cambió la vista, tenía dolores fuertes en todo el cuerpo, sed extrema, piel y cabello secos y taquicardia. Me faltaba el aliento y estaba muy débil, al punto que me costaba incluso llegar de mi cuarto a la cocina o el baño.

Un par de meses más tarde, después de un periodo de mejoría, me dio en vez para abajo… y esa fue una fase terrible que duró muchos meses. Mi metabolismo se alentó, subí de peso, sentía mucha trepidación y un miedo mudo de todo, y—más preocupante que nada—estaba como muerta en vida. Tenía un bloqueo mental y emocional total, al punto que llegué a temer que tenía daño cerebral. Todo me costaba trabajo, nada me interesaba en lo absoluto, ni lo que antes solía amar. Me costaba distinguir entre detalles importantes y detalles insignificantes. No me reconocía a mí misma. No podía leer más de una o dos oraciones de un libro, y con mucho esfuerzo. No podía ni siquiera hacer algo “fácil” como ver televisión.

Eventualmente supe que lo que me ocurría en ese momento era, además del periodo de hipotiroidismo que suele seguir una tiroiditis, una respuesta de desregulación del sistema parasimpático nervioso que tiene intenciones protectoras (probablemente una mezcla entre “congelación” simpática y “colapso” parasimpático): no sólo había sido un shock enorme la enfermedad misma y todas las experiencias que la rodearon—todo lo que había vivido antes de la enfermedad me había por fin desbordado y mi sistema me estaba intentado proteger, como un tipo de caparazón o armadura. Pero terca como soy y determinada a salir de ese estado, me empujaba a la actividad, me forzaba a estar con gente, a hacer ejercicio… y me regañaba a mí misma mucho, me llamaba inútil y floja: “No puedes con nada, ¿qué te pasa?”

No sólo no me ayudó ninguno de mis intentos de quebrar el estado de desregulación, sino que sentí que empeoraba con cada intento por forzar estar más activa y presente. Era como darse de bruces contra una pared.

Un día, en la desesperación total, recordé que una amiga, Paty Solís, me había dado una sesión de Integración Funcional de Feldenkrais que me había sentado muy bien (el Feldenkrais se divide en clases de Autoconciencia a Través del Movimiento y sesiones individuales de contacto y movimiento asistido llamadas Integración Funcional). Como en ese momento mis fondos eran muy limitados y me estaba quedando en casa de una tía, busqué en internet ejercicios de Feldenkrais, y di con un video ya viejito de la maestra Ruthy Alon, una de las maestras más reconocidas del método. La clase consistía en movimientos lentos parecidos al gateo de un bebé.

Sin entender cómo ni por qué, sintiéndome incluso un poco tonta al hacer los movimientos por lo sencillos que eran, sentí cómo ese gran bloqueo que llevaba cargando empezaba a disolverse. Algo se empezó a desatorar en mí, sutil pero contundentemente. Pude llorar. Me regresó progresivamente la fuerza.

Ese fue el principio del camino de mi mejoría (intentaré escribir sobre pasos subsiguientes en otro momento), y lo que eventualmente me llevó a organizar que Paty impartiera clases de Feldenkrais para Feral Flow Lab.

Moshe Feldenkrais dijo: “Es exactamente lo opuesto a lo que dicen en la televisión: más alto, más rápido, más fuerte. Aquí decimos: más lento, más cómodamente, más placenteramente.” Mucha gente, como yo, está acostumbrada a una filosofía de siempre “darle duro”, de una disciplina fuerte. ¡Se nos olvida que hay muchísimo poder en la ternura! A través del Feldenkrais estoy aprendiendo cómo volver a la ternura, a la lentitud, a ser yo misma.